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Cada vez que voy a Tarragona y tengo un rato libre, no pierdo la oportunidad de acercarme hasta el Acueducto de les Ferreres, un gran monumento histórico romano popularmente conocido como el Pont del Diable (Puente del Diablo en catalán). Se encuentra tan sólo a unos 4 kilómetros del centro de la capital enclavado en un paisaje natural rodeado de pinares donde es fácil pasar la tarde dando un paseo.

 Tanto el aparcamiento como el monumento son de entrada gratuita.

Este acueducto, en un perfecto estado de conservación tras una larga restauración, se construyó en el siglo I y abastecía de agua a Tarraco, nombre de Tarragona en la época romana.

Con una longitud de unos 217 metros y una altura de 26 metros, esta gran construcción de piedra destaca sobre el verde de la vegetación que lo rodea. Personalmente recomiendo pasar tanto por debajo como por la parte superior, ya que se puede cruzar el acueducto por encima al igual que en su día lo hacía el agua.

Para llegar hasta el Pont del Diable desde Tarragona o alrededores es recomendable utilizar un coche o una moto ya que las carreteras de las inmediaciones del monumento son autovías por las que circulan vehículos a gran velocidad. Si por casualidad os encontráis de viaje utilizando la autopista AP-7, que une ciudades como Valencia y Barcelona, estáis de enhorabuena ya que existe un aparcamiento especial con un mirador y un acceso peatonal hasta el acueducto dentro de la propia autopista. Está señalizado en ambas direcciones.

 

La mayoría de grandes ciudades del mundo tienen espacios verdes en los que sus ciudadanos pueden dar un paseo, descansar y desconectar de la rutina diaria. A mí personalmente siempre me han gustado especialmente dos: El majestuoso Palacio de Verano de Pekín (China) y la montaña olímpica de Montjuïc en Barcelona (España). Sin embargo cada uno tiene su encanto contando además con características especiales de cada zona, fauna y flora autóctonas y un sinfín de peculiaridades varias. Dicho esto me atrevería a decir que el Central Park de Nueva York es el más sorprendente de todos los que he visitado por el hecho de ocupar una enorme extensión de terreno en el corazón de una macro-ciudad superpoblada.

Panorámica de Central Park

Con 4 kilómetros de largo y más de 800 metros de ancho, el parque central de Manhattan sorprende a cualquiera que cruza sus puertas. A propósito de “puertas” y para no dejarlo en el tintero, hay que decir que a diferencia de otros parques como El Retiro de Madrid (España) o el Hide Park de Londres (Reino Unido), el Central Park neoyorkino no está literalmente vallado, aunque sí cuenta con accesos principales. En cualquier caso es un recinto realmente espectacular que, lejos de lo que mucha gente piensa, es totalmente artificial. Con esto no me refiero a que las flores sean de plástico sino a que este parque es una actuación realizada por el hombre de manera totalmente premeditada.

Todo el recinto del parque, incluyendo sus montañas y lagos, fueron diseñados por Frederick Law Olmsted y Calvert Vaux quienes construyeron artificialmente una verdadera reserva natural en mitad de la Gran Manzana.

Ante un parque de tales dimensiones sobra decir que se pueden pasar muchos días descubriendo todos sus rincones, sin embargo yo me he creado una especie de recorrido estándar con él que disfruto cada vez que lo visito ya que cruza mis partes favoritas: El Museo Guggenheim, el Museo Metropolitano, el Castillo Belvedere y el Museo de Historia Natural cruzando a través de puentes y lagos hasta llegar a Columbus Circle, una gran rotonda situada al suroeste del parque conocida especialmente por ubicarse allí la sede de Time Warner, concretamente en dos majestuosas torres donde residen algunos de los artistas más famosos a nivel internacional. A continuación dejo un pequeño plano del recorrido en Google Maps:

Los colores del otoño

Una de las mejores épocas en las que he visitado el parque es sin duda el otoño, concretamente en octubre de 2013. La temperatura aún es lo suficientemente agradable como para pasear sin chaqueta pero sin embargo el ambiente que se respira ya evidencia que los árboles están comenzando a desnudarse para dar paso al crudo invierno. Pero antes de que llegue la nieve se pueden tomar fotografías realmente espectaculares repletas de colores cálidos compuestos por millones de hojas amarillas y rojas que lo envuelven todo.

El blanco invierno

Cuando era pequeño quizás una de las escenas de película que más me aterraba era aquella de Sólo en casa (Home Alone) en la que el aún adorable Macaulay Culkin se perdía por el Central Park de Nueva York durante la Navidad. Lejos de la tenebrosidad de aquella escena, este parque es realmente especial cuando la nieve lo cubre por completo. Tuve la suerte de visitarlo cubierto de nieve en febrero de 2014 y, aunque es evidente que hay que abrigarse, merece la pena ver lagos gigantescos totalmente congelados con el ‘skyline’ de Nueva York en el horizonte. Si las ardillas se quedan todo el año es que merece la pena visitarlo.

Habiendo vivido 20 años en Santurtzi me enorgullece y emociona escribir uno de mis primeros artículos acerca de este antiguo pueblo de pescadores. Este es mi pueblo.

Puerto de Santurtzi

Quizá no es uno de los destinos que los turistas ponen en su cuaderno de deseos pero, si se dispone de algo de tiempo, merece la pena dar un paseo por el puerto pesquero, el puerto deportivo y seguir caminando hasta la ciudad vecina de Portugalete. Desde ésta se puede acceder al Muelle de Churruca, una especie de pasarela de 800 metros de longitud sobre el agua que nos permite tener las mejores vistas de todo el Abra, la desembocadura de la Ría del Nervión en el mar Cantábrico.

Muelle de Churruca

Además también es interesante recorrer el Parque de Santurtzi, la zona de la iglesia, el ayuntamiento y las calles aledañas.

El centro de Santurtzi

Este municipio vasco tiene actualmente una población de algo más de 45.000 habitantes y, sin duda, su gente es uno de los mayores atractivos de la ciudad. Y no es porque yo sea ‘santurtziarra’ sino porque realmente tienen la fama buenos anfitriones, al igual que la gran mayoría de vascos; además de la fama de exagerados, por qué no decirlo. Y si no fijaos en este barco situado en la frontera entre Santutrtzi y Portugalete, y que sólo un vasco podría poner en mitad de una acera:

Santurtzi se encuentra a unos 14 kilómetros de Bilbao, capital de Bizkaia (Vizcaya en español) y se puede acceder a ella tanto en coche como en transporte público. Desde Bilbao y alrededores lo mejor es tomar el metro o el tren hasta una de las dos últimas estaciones.

Cabe recordar que el Metro de Bilbao es una verdadera obra de arte diseñada por el equipo del arquitecto Norman Foster que fue capaz de convertir estaciones modernas y atractivas. Por no hablar de los famosos ‘fosteritos’, llamándose así a las salidas de cristal que se pueden encontrar en algunas de las paradas, como en esta de Santurtzi:

Estación de metro en Santurtzi

¿Se os ha hecho corto el artículo? Prometo que en el futuro haré una segunda parte porque, Santurtzi, se lo merece.